miércoles, 15 de febrero de 2012

HOY LLUEVE

Llueve. Perlada agua celeste que cae empapando los campos boquiabiertos y este mar de invierno que nos circunda. Llueve sobre las aceras y el asfalto donde crecen hongos de colores con música de repique, haciendo cristales rotos de los charcos. Lloran los vidrios de las ventanas con una mirada acuosa cargada de nostalgia, refugiados en la pereza del hogar, los recuerdos, y esa taza de café humeante para hacer tiempo y leer, o simplemente contemplar en silencio. El rumor de la lluvia me da sueño. La luz es plomiza y me obliga a mirar hacia dentro. Vengo de tierras donde el agua cae en abundancia durante días, y los ríos se desbordan. El paisaje verde y dulce del campo, y las fachadas chorreando en la ciudad casi noche a las cinco de la tarde, como una acuarela de luces y gabardinas de paso urgente por las calles, son mis recuerdos de la lluvia. Aquí es distinto. El campo se acuesta marchito y se despierta exuberante. Corren los barrancos, y se empapa la tierra como un bizcocho. Llueve y se celebra, como se celebra a un amigo y aún más. Llueve poco y sin embargo los huertos son generosos. Mañana saldrá el sol y también lo celebraremos por que es de casa, y siempre calienta esta tierra aunque sea invierno. Hoy llueve y es como un cielo perseguido o inventado, donde anida la abundancia, y volverá otro día para limpiar la mirada del horizonte. Hoy llueve y se me quejan, tozudos ellos, todos mis huesos, casi tanto como mis alas empapadas.    

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