miércoles, 21 de marzo de 2012

AMO A LOS ÁRBOLES

Amo a los árboles como amo la vida. Amo su sólida verdad, la que no finge, la que se mantiene frente a la mentira de lo conveniente, y no se doblega por más que sople el viento y lo derribe. Amo al tronco castigado de posturas guerreantes y sus arrugas, tanto como a los besos gambeteados, inasibles en el tiempo.Amo sus ramas alentando al cielo, dibujando los perfiles del universo con nubes, pájaros y cielos dudosos, volubles y tiernos como los sueños de los que aman con un violín entre los dedos. Amo su vida con la alfombra de sus hojas de sol y sombra, de sus nidos generosos y replicantes en el dueto incansable del tuyo mío, gorjeo de vida, estribillo de los amores plácidos, acariciándose a sus pies complacientes. Cuánto sol, cuánta sombra, cuánta razón sin discurso, cuánto elocuente silencio de amor y verso ataviados del discreto argumento, del que cobija sin pedir identificación a los sueños, ni a los doloridos y torpes pasajeros de la existencia camino de cualquier parte, viajeros de la misma rivera, a pesar de la torpe experiencia transitada. Siempre acabamos por tozudez en la misma rada. Amo a los árboles porque conservan las historias y los cuentos, porque en las noches de invierno susurran metafísicos con el viento, y en primavera sisean versos, florecen y se enamoran. Amo a los árboles porque cobijan a los dioses, a las hadas, a los duendes, a los niños del escondite y a mis lágrimas, con holgura para mis sueños felices. Amo a los árboles porque siempre me reciben con las ramas haciendo que mi alma se alegre con los sueños inmortales y felices. Amo a los árboles porque Dios los bendice.          

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