El rumor de los sueños despierta al pensamiento,
un certero soliloquio del alma errante,
sin paisaje definido, siempre cambiando
en la categoría de los siglos.
La lógica no basta para entender
el mundo antiguo ni las dimensiones de un quásar.
Un ángel se suicida en la noche estrellada
mientras el mundo se encharca las venas de cristal,
y el Árbol del Bien y del Mal le hace sangre
al conocimiento
con el filo de la luna llena,
degollando la razón de su existencia,
entre las páginas de Internet.
Soy un trashumante sin mesta ni mesnada,
un grito estepario, un estigma dolorido
en la manada, lastrado por la conciencia
de saberse hosco mirador de la estulticia
y de la nada.
En alguna parte un taumaturgo
se rasga las vestiduras porque
no le dejan acabar, ni en sánscrito ni en latín,
con los demonios de hojalata,
por los siglos de los siglos...
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